Así podemos describir el holocausto nazi, como una verdad, pues todos los participantes en la Segunda Guerra Mundial conocían de la existencia de los campos de exterminio y las persecuciones realizadas por el régimen nazi contra judíos, gitanos, homosexuales y adversarios políticos.
Y es una verdad teñida, porque aunque todos intentaban hacer la vista gorda, los muertos, las torturas, las violaciones de los derechos humanos y el sufrimiento de millones de personas seguían allí, latentes y desesperados.
Los campos eran silenciosos, pues las personas que allí malvivían debían guardarlo todo, convirtiéndose en autómatas, simples máquinas de trabajo y carnaza para experimentos.
Los campos eran silenciosos, pero no las mentes de la gente. No se puede callar a las personas, aunque los nazis pensasen que los recluidos en esos barracones no llegaban a esa condición.
¿Cuantas lágrimas debió de tragarse una madre? ¿Cuantos gritos de impotencia no salieron por la boca del hombre condenado a morir? De los presos de los campos sólo conservamos miradas, porque es lo único que tenían, lo único que los nazis no podían quitarles.
Miradas veladas tras las alambradas, miradas entre las vigas de un barracón. Un par de ojos rápidos que levantan la vista del suelo. Una mirada rápida hacia el sol, y otra hacia los verdes campos alemanes y polacos. Y todas esas miradas desprendían la misma luz, aunque en algunas fuese muy tenue: vivían.
