SEMPER IN MEMORIS

Se puede morir, todos los días, por una idea; pero no se puede matar nunca por esa idea.

lunes, 12 de diciembre de 2011

ANA Y EL TIEMPO

Se puede considerar a Ana Frank (1929-1945) como una verdadera reportera de guerra, que supo aportar de manera inconsciente toda clase de detalles que nos harían ver a las generaciones futuras las privaciones y los miedos a los que hacían frente día a día las dos familias de judíos que convivieron durante dos años y medio refugiadas en un viejo almacén de Ámsterdam, en unas habitaciones ocultas tras una estantería, de donde no podían ni salir ni ser vistos por nadie.
En la actualidad, la casa es un gran museo dedicado especialmente al holocausto y a Ana, con una interesante exposición de fotografías y un recorrido por las habitaciones donde vivieron escondidas ambas familias
.En el verano del 2009 visité esas habitaciones una a una, coincidiendo con unas vacaciones en Holanda. Recuerdo preguntarme cómo habían podido aguantar durante tanto tiempo en un espacio tan reducido, sin poder salir a la calle ni hablar con otras personas que no fuesen aquellas que veías día a día. Recorrer todos los días el mismo circuito; de la habitación al baño, del baño a la cocina, de la cocina al ático, del ático… a ninguna parte, porque su mundo acababa allí. Todo lo que había detrás de la estantería que ocultaba la puerta de acceso a su pequeño refugio era hostil, peligroso y traicionero. No podían asomarse a las ventanas, y por precaución las sellaban y únicamente las abrían por la noche y muy temprano.
Recuerdo subir al ático junto con decenas de turistas y como un escalón crujía sonoramente cada vez que alguien lo pisaba. ¿Crujiría cuando Ana vivió allí? ¿Debió escucharlo todos los días durante dos años y medio cada vez que alguien subía por la escalera?
Miraba a través de las ventanas y veía los tejados de las casas contiguas, rojizos y tristes, y pensé lo que hubiese dado Ana por asomarse a la luz del día y ver lo que a mí me pareció un paisaje feo. Que diferentes son los puntos de vista del libre y del prisionero.
Subí al ático me encontré con un espacio poco mas grande que mi habitación, por donde entraba una tímida luz a través de un pequeño ventanuco. El cristal estaba sucio y no dejaba ver bien a través de el, quizás como un pequeño homenaje que el polvo, omnipresente  amigo del tiempo, dedica a Ana y su familia, cuyos ojos nunca pudieron asomarse por ese ventanuco sin sentir miedo.
Miedo. Ésa es la respuesta. Sólo el miedo puede permitirnos a los humanos resistir lo imposible, lograr lo que nunca podríamos plantearnos conseguir.
Es una carrera contra el miedo lo que nos hace luchar por vivir, cuya meta no es otra que la vida misma, y para ganar esa carrera nos dejamos sudor, sangre, piel y lágrimas.
El miedo a ser atrapados, a separarse, a ser torturados o ser asesinados es lo que hizo que los Frank y sus amigos aguantasen viviendo en esas condiciones durante dos largos y pesados años.
Se aferraban a la vida, a la esperanza de que todo pasase y que nadie se fijara en ellos, a volverse diminutas motas de polvo en el mundo, mudas e invisibles, que pudiesen pasar desapercibidas a el gran ojo vigilante que era el nazismo.
Confiaban en el tiempo. Éste, con sus lentos andares, avanzaba inexorablemente, como siempre lo había echo, sin detenerse jamás ante nada ni nadie, marcando el curso de la vida, decidiendo quién debía continuar en el mundo o abandonarlo.
Los Frank sólo querían pasar desapercibidos al tiempo, no estorbarle, que pasase de largo sin fijarse en ellos, que andase lo suficiente como para que los aliados llegasen a Ámsterdam y les liberasen de su cautiverio.
Pero el tiempo es imparcial e inclemente, y no entiende de ruegos o súplicas. Los Frank se le presentaron como una piedra en su camino en la que tuvo que detenerse. Y ahí acabó todo.
El 5 de Agosto de 1944 la policía asaltó la casa guiada por el chivatazo de un informador anónimo. Los miedos se habían echo, de la noche a la mañana, realidad. Pero los miedos no son sueños, que despertándote desaparecen súbitamente y no dejan en ti otro rastro que un tímido recuerdo.
Ana y su familia fueron trasladados al campo de concentración de Bergen- Belsen, donde separaron a Ana, su hermana y su madre de su padre. No volverían a verse los cuatro juntos.
Ana Frank murió en marzo de 1945 agotada por las enfermedades, dos semanas antes de la liberación de su campo por las tropas británicas. El tiempo había vuelto a fallarla.
Pero justo detrás del tiempo camina su hijo; el recuerdo.
Éste si es clemente y justo, y da a cada uno lo que merece cuando el tiempo se lo quita, o retira lo que injustamente el tiempo ha repartido.
El recuerdo nos permite no olvidar las cosas buenas, borrar de nuestras mentes las malas, recordar a los buenos y no perdonar a los malos.
Pero así como el tiempo pisa las piedras que encuentra en su camino sin misericordia, el recuerdo suele tropezar dos veces con las mismas, dotándonos a los humanos de esa capacidad exclusiva de cometer varias veces el mismo error, aunque el recuerdo nos diga que no es lo correcto. Pero muchas veces hay que tropezar con la piedra, caerse al suelo, llorar y levantarse aún más fuerte, dispuesto a tropezar tantas veces como la vida quiera para levantarse todas ellas, hasta que llegue el momento en que la piedra no nos haga tropezar, sino que la esquivemos con naturalidad.
 La vida es un cúmulo de errores y aciertos. Como decía John Lennon, la vida es lo que pasa mientras hacemos otros planes.
La vida; el tiempo. Los planes; las piedras.

El recuerdo fue clemente con Ana y permitió que su diario sobreviviese hasta nuestros días, gracias a que su padre, Otto Frank, sobrevivió a los campos de concentración y pudo dar a conocer al mundo las palabras de la pequeña Ana, de valor incalculable.
Es misión del recuerdo que el nazismo, esa gran piedra en la historia, no vuelva a interponerse en el camino de la humanidad. Y que las pequeñas palabras escritas con tinta en un viejo diario le ayuden.


martes, 29 de noviembre de 2011

La gran verdad teñida

Así podemos describir el holocausto nazi, como una verdad, pues todos los participantes en la Segunda Guerra Mundial conocían de la existencia de los campos de exterminio y las persecuciones realizadas por el régimen nazi contra judíos, gitanos, homosexuales y adversarios políticos.
Y es una verdad teñida, porque aunque todos intentaban hacer la vista gorda, los muertos, las torturas, las violaciones de los derechos humanos y el sufrimiento de millones de personas seguían allí, latentes y desesperados.
Los campos eran silenciosos, pues las personas que allí malvivían debían guardarlo todo, convirtiéndose en autómatas, simples máquinas de trabajo y carnaza para experimentos.
Los campos eran silenciosos, pero no las mentes de la gente. No se puede callar a las personas, aunque los nazis pensasen que los recluidos en esos barracones no llegaban a esa condición.
¿Cuantas lágrimas debió de tragarse una madre? ¿Cuantos gritos de impotencia no salieron por la boca del hombre condenado a morir? De los presos de los campos sólo conservamos miradas, porque es lo único que tenían, lo único que los nazis no podían quitarles.
Miradas veladas tras las alambradas, miradas entre las vigas de un barracón. Un par de ojos rápidos que levantan la vista del suelo. Una mirada rápida hacia el sol, y otra hacia los verdes campos alemanes y polacos. Y todas esas miradas desprendían la misma luz, aunque en algunas fuese muy tenue: vivían.